Nunca pensé en compartir espacios tan íntimos pero he descubierto que el dolor no desaparece pero si se alivia si le pongo palabras. Un dolor agarrado al cuerpo desde hace unos cinco años cuando volviendo del dentista mi madre se perdió y no sabía donde estaba ni como volver a casa.
Desde ese momento ya vivíamos los pinchazos en los ojos de forma mensual por culpa de la mácula degenerativa lo que la llevo a un glaucoma y la perdida casi total de la visión de los dos ojos, lo que ya no solo implicó dificultades para desenvolverse sino un deterioro que ha sido un camino sin vuelta atrás.
A la vista se le sumo el corazón con insuficiencia cardíaca grave...
Se le sumaron problemas vasculares con varias operaciones para activar la circulación de las piernas y heridas en los pies que la llevaron a la amputación de un dedo.
Se le sumo una enfermedad renal crónica que la hace tener que pincharse medicación cada 21 días.
Y todo esto sumado a una diabetes que se la instaló en el cuerpo y la ha ido mermando todo lo anterior.
Unos años que han sido complicados de organizar porque cuando se ha puesto mala, ha vivido ingresos largos en los que ella ha demostrado que es una mujer muy fuerte pero con una cabeza frágil que ha ido perdiéndose cada día un poquito más. Desconozco hasta que punto ella se ha dado cuenta de ese deterioro pero para mí ha sido el golpe más atroz que he recibido. Comenzar a sentir que pierdes a tu madre cuando ésta solo tiene 60 años ha sido un golpe enorme que no me vi venir ni en mis peores pesadillas.
Mi madre ha sido y es mi todo. Soy, siento existo, pienso y vivo gracias a ella y al esfuerzo titánico que ha hecho por cuidarme, quererme y protegerme. Muchas veces he escrito por este rincón que es la maestra de mi vida.
Hace cinco años desembarcamos en la unidad de Neurología del Hospital Fundación Jiménez Díaz de Madrid y tuvimos la gran suerte de dar con una neuróloga paciente, atenta, directa pero sobre todo empática ya no solo con mi madre sino conmigo la cantidad de lágrimas que he echado cuando nos hemos quedado sols y yo la decía que necesitaba un diagnóctico de mi madre. Hace unos meses nos comenzó que el estudio del que nos había hablado anteriormente de poder tener un nombre a lo que la pasa por un simple análisis de sangre que había sido aprobado y si queríamos que mi madre se lo hiciera y por supuesto, que aceptamos.
Aceptamos porque aunque el nombre de lo que tiene no cambia la situación si necesito ponerle nombre, aunque este sea doloroso y me tenga viviendo un verano de muchas lágrimas.
Hace un par de lunes recibí la llamada y el diagnóstico con 67 años recién cumplidos en mayo llegó: Alzheimer. Esa puta y maldita enfermedad que acompañó a mi yaya hasta hace ocho años. Una enfermedad de la que mi madre fue la cuidadora principal, olvidándose de ella, su vida, su salud y centrándose en sus cuidados. Mi madre siempre ha sido una persona que ha antepuesto a los demás a ella misma y cuando tuvo que comenzar a ocuparse por ella no supo y todo la vino de golpe.
El Alzheimer no es una enfermedad desconocida para mí, pero aunque lo esperaba estoy disgustada, triste pero sobre todo muy enfadada. Enfadada porque mi madre no se merecía tener que convivir con ella. Enfadada con todo, todos y todas, con los nervios de punta y aprendiendo que aunque me cueste esta es la situación que nos ha tocado y lo único que me preocupa y ocupa es su bienestar, su sonrisa y que cuando me vea me siga diciendo: Naty, hija.
Hace unos días en la piscina con mi amiga Irene hablábamos de la importancia de un diagnóctico aunque este no te cambie nada pero para mi era una necesidad vital poner nombre, aunque este me duela, pero me hace sentir que no me estaba volviendo loca cuando comencé a ver cosas o situaciones que me llamaban la atención y sabía que no las hacia aposta. Porque esos comportamientos no eran de mi madre, la enfermedad ya empezaba a asomar por lo que dentro de todo lo que estoy viviendo al lado de mi marido que es mi mayor apoyo, se que hice lo correcto pidiendo cita en el médico para que comenzará un camino que desmbocó en el diagnóstico.
¿Y ahora qué? Me preguntó cada día desde que hace un mes y medio que está viviendo en una residencia. Y la respuesta me viene casi de forma automática, que ella esté bien y que todo este proceso no la haga sufrir. Yo, llegados a este punto, se que necesitó buscar ayuda, necesito una persona que me ayude a colocar los enfados, las tristezas, la ansiedad, el insomnio... Y este verano esta siendo de conocimiento y asumir que no puedo cambiar nada pero, si aprender a vivir con ello.
Y después de todos estos párrafos solo os puedo decirt que siento pena pero un alivio inmenso, así que muchas gracias por estar ahí rinconeros y rinconeras.
Un beso y espero veros mañana:)

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