Llevo unos tres años siendo una privilegiada pudiendo dividir mis vacaciones entre:
- Turismo, lo que viene siendo pateo y acabar muerta.
- Playa, descanso, no hacer nada, estar tumbada, leer, tomar el sol, tener conversaciones a pie de mar con mi marido.
A comienzos de julio mi marido y yo pusimos rumbo a Dublin -un post que tengo pendiente de subiros-, unos días de muchos cansancio pero de paz mental. Unos días donde con la excusa de volver a ver a Take That pudimos conocer una ciudad y país diferente.
Y mañana por la mañana por fin pondremos rumbo a nuestra lugar de playa. Un sitio al que ya hemos ido en varias ocasiones y que para nosotros lo definimos como "nuestro verano perfecto": tranquilidad, playita, buena comida, unos largos en la piscina, olor a crema...
Unos días que llegan en el momento perfecto, donde coger aire y hasta poder llorar a pleno pulmón se me hace imprescindible.
Unos días que llegan en un momento vital diferente.
Unos días que llegan después de haber podido disfrutar de unos días en casa donde de nuevo nos vemos metidos en pequeñas obras que aunque necesarias no dejan de provocar tristeza del porque vienen dadas.
Unos días que llegan para darme ese tiempo con mi marido que siempre me proporciona tanta paz, amor y tranquilidad.
Una semana que marcará el comienzo de una nueva etapa vital, formativa y quien sabe si laboral.
Así que rinconeros y rinconeras, aunque ando bastante desaparecida, hace unos años decidí que estos días de playa solo quiero estra pendiente de mi marido, por lo que os espero el lunes 17 de agosto más morena, con las pilas con algo más de energía y después de haber podido vivir el famoso eclipse solar el próximo miércoles 12 de agosto.
Un beso muy fuerte y espero teneros a todos y todas a la vuelta de unos merecidos días :)


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