Hace 18 años pasando la primera Semana Santa juntos David y yo en casa de sus padres le pregunte ¿Por qué no vamos al Museo del Prado? Su cara fue de sorpresa total, pero como buen lanzado que es, me contestó, sí. Desde entonces creo que comparto con él además de una vida juntos, un enamoramiento por el Museo, donde te das cuenta de que no somos eternos y que eso de la vida como decía Jaime Gil de Biedma, iba en serio. Porque cuando te enfrentas de cara a cualquiera de sus obras te das cuenta de lo efímero de ésta, porque antes de nosotros y después de nosotros, esa obra seguirá allí y la disfrutarán o verán por primera vez muchos millones de personas. Y creo que esas sensaciones es las más bestias que te recorre el cuerpo cuando andas por sus instalaciones.
Hace unas semanas teniendo claro que esta Semana Santa la íbamos a pasar en casa la volví a proponer a David volver al Museo, que ya hemos visitado en tres ocasiones desde que comenzamos a estar juntos. Y su respuesta de nuevo, fue un SÍ, en mayúsculas. Porque además queríamos ver en primera persona el Caravaggio perdido que ya os conté cuando vi el documental de Sleepers en Filmin.
Y aquí quiero hace un gran alto, porque si algo define mi relación con mi marido desde hace 9 meses y medio es nuestro amor y respeto por el mundo de la cultura, no importa si es en forma de expo, museo, musical, teatro, libros... la cultura nos une, nos enriquece y nos hace vivir momentos bastante épicos.
Así que con un solecito agradable y algún aire que te despeinaba el flequillo nos cogemos el 28 -como la canción de La oreja de Van Gogh- para poner rumbo a un día de cuadros, impresiones y estreno de un nuevo tok. Llevar un cuaderno encima donde apuntarme nombres, cuadros, sensaciones... Por aquí soy yo, una mujer llena de pasiones que la desbordan y que muchas veces sino apunto en el momento se me olvidan y me da rabia.
Así que con cuaderno en mano nos adentramos en ese Museo donde el tiempo parece pararse y vas recorriendo salas con diferentes temperaturas, luces y ambientes para seguir poder disfrutar de unas colecciones pintorescas más increíbles del mundo que tenemos la suerte de tener en Madrid.
Un Museo que a pesar de tener los carteles de El Prado en femenino haciendo referencia a la colección que fue adquiriendo Isabel de Farnesio, nos recuerda como los museos a día de hoy, siguen siendo muy masculinos. Porque solo fueron cinco las mujeres que encontré en sus paredes:
- María Luisa de la Rica
- Sofonisba Anguisola
- Artemisa Gentileschi
- Clara Peeters
- Rosario Weiss
Y eso que el Museo del Prado fue concebido por una mujer, la reina María Isabel de Braganza, una historia que no descubrí hasta hace menos de 10 años.
Un Museo que he visitado muchas veces desde niña y con el que tengo siempre las palabras de mi padre en la cabeza ante el cuadro de Goya de Los fusilamientos: "Nati hija si la luz de la Sala se fuera, esa luz de la lámpara del Centro, estoy seguro que seguiría encendida, dando luz a este Museo".
Un Museo que me hacía recordar las clases de Historia del Arte en el Colegio, con la madre de Juana llenando mi vida de diapositivas a las 8 de la mañana.
Un Museo que te recuerda la inmensidad que tuvo en su momento el antiguo reino español, representado en Las Lanzas o La rendición de Breda de Velázquez en ese Salón de Reinos.
Un Museo en el que te encuentras entre dos Tizianos, las Meninas, ese cuadro inmenso, que o te cansas de mirar y admirar todas la sveces que le puedes ver ahí delante plantado como si el tiempo no pasará por él.
Un Museo en el que ves como el arte fue cambiando el canon de belleza cuando estás delante de las Tres gracias de Rubens y que te hace hacerte la siguiente pregunta ¿Qué es un cuerpo bello?
Un Museo en el de poco se habla tiene entre sus paredes de la planta baja una Mona Lisa de la escuela de Leonardo Da Vinci.
Un Museo en el que te puedes encontrar muchas de las obras del maestro Rubens o un Miró ahí solito, sin hacer ruido, pero en el que te quedas anodada.
Un Museo en el que pudimos ver el Caravaggio perdido y en el que preguntarte ¿Cómo no se sabía de su existencia?
Un Museo en el que en sus escaleras de acceso a la primera planta te encuentras delante de ti un José de Rivra observándote, como congelado en el tiempo.
Un Museo por el que habrá mil reformas pero el paso del tiempo dentro de él, se para.
Un lugar que os recomendaré siempre y del que he sacado nuevos aprendizajes, emociones, sensaciones y obras de arte que os iré sentando poco a poco.
Un beso enorme rinconeros y rinconeras y recordar que el Prado cuesta 15€ por persona, con excepciones a personas con discapacidad y otros supuestos que podéis ver en su web y que entre semana de 17 a 19 hrs podéis visitar de forma gratuita.
Y desde este post de hoy antes del adiós, gracias a mi marido por ser mi mejor compañero de cultura y vida.
:) :) :) :) :)




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